domingo, 16 de febrero de 2014

“Primer día en el CCM”

Marzo 4, 2004
 “Primer día en el CCM”
Había pasado algunas horas desde que fui apartado como misionero de La iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, fue tanta la emoción de aquel acontecimiento que me quede dormido en el sillón de mi sala, en donde inusualmente, en esta ocasión se llevó a cabo dicho momento. Fue el nerviosismo, ansiedad, y esos sentimientos que aun a los 19 años no conoces, que me dejaron durmiendo por unas cuantas horas antes de levantarme temprano con dirección al Centro de Capacitación Misional. Pensaba, pensaba mucho, y  más en que existen momentos difíciles cuando tienes que decir hasta luego a alguien, siempre me gusta decir eso en vez de adiós o incluso un clásico “chau”. Y es difícil con aquellos a quienes tal vez no exista un “luego” después de esa despedida. Me toco despedirme de mi Abuelo Celestino Horta, El pionero del evangelio en nuestra familia, figura sabia y respetada en la familia, vecindario y en la iglesia, ya a sus casi 94 años era imposible para mí no pensar que esta sería la última vez que lo vería. Para mi sorpresa el decidió ir al CCM para despedirme, eso me alegro.

Observaba las calles de la ciudad de Lima detenidamente por la ventana del carro, para que al regresar trate de  ver si había algún cambio en mi querida metrópoli. En la mañana había caído una ligera llovizna, por el distrito de La Molina, esto le dio un tono de melancolía a esta despedid y al llegar ahí, solo quedaba despedirme de mis amigos. Estaba muy feliz por el apoyo que me habían brindado, pero mi emoción de embarcarme en esta nueva misión disipo las ganas de sentirme triste. Entre y deje mis cosas en mi nuevo cuarto y fui a un salón donde se realizaban las charlas y reuniones dominicales, era un espacio abierto y grande en donde reunieron a mis padres y mi abuelo. Fuimos presentados ante los líderes y les explicaron que pasaría con nosotros en los siguientes 2 años. Rogaba dentro de mi corazón poder tener algún consuelo sobre este distanciamiento con mi familia, en especial con mi abuelo. Al despedirme no llore, tampoco mis padres, y mucho menos mi abuelo, pero pude ver en su rostro lo orgulloso que estaba de mí. Me acerque a abrazarlo y darle un beso en la mejilla y tocar su cabeza suave y observar sus ojos celestes como su nombre, aquellos ojos que siempre cargaron amor, sabiduría y mucha comprensión, me acerque a él y dijo a mi oído: “Aquí te voy a esperar, hijo”, y proféticamente, así como muchas de sus palabras en los años pasados que lo conozco, así sucedió.